Debí suponerlo. Siempre es así. Ley de Murphy le llaman algunos. Mala suerte otros.
La semana en la oficina fue la peor del año. Cómo no, si me habían asignado los turnos previos a las fiestas de fin de año. Cuadrar lo que no cuadra. Redondear lo cuadrado. Así mis hipócritas jefes pueden relucir su mejor sonrisa frente a las cámaras de algún primetime o exhibir sus logros – sí, ellos le dicen “sus logros” – en algún suplemento del diario dominical. Llegas a la casa queriendo descansar, pero entre esa esposa que te pide lo que esperó todo el año – y que hábilmente le hiciste el quite – y los cabros chicos que corren de un lado al otro, jugando algo que sólo ellos entienden, no logras un segundo de tranquilidad.
Por fin es de noche. Esa ansiada noche en que todos duermen y te permiten monotonía. Esa monotonía hogareña de la que te hablan tus amigos en la oficina cuando sientes deseos de salir y portarte mal. Es fácil la razón: te lo mereces. Trabajaste como estúpido durante la semana para que el premio se lo lleve otro. Y quién sabe si mientras laborabas horas extras a tu esposa se la cogía algún imbécil, con más tiempo libre que tú. No señor. Esta noche es mía. Y nadie me quita el descanso.
Al menos eso pensaba yo cuando me dormí...
Llegó ella. Yo estaba quedándome dormido. O quizás ya llevaba durmiendo unas horas, no lo recuerdo. Me rozó cerca de la oreja. Al principio no sabía si era real lo que estaba pasando o era otra vez mi imaginación que me jugaba una mala pasada. Me giré, pero no estaba. Cerré los ojos otra vez.
Despierto con un ruido. Algo se golpeó. Alguien anda ahí. Mi corazón se agita y me pongo a sudar. De miedo o de rabia, ya no lo sé. Me estoy volviendo loco. “Duérmete, es la única noche que tienes para dormir tranquilo”, me digo. Con eso me tranquilizo. Mi esposa duerme profundamente aún. La envidio. Miro el reloj. Me quedan cinco horas aún. Respiro aliviado.
¡Mierda! Me caí de la cama. Veo a mi mujer, despierta y con cara de lunática. Sostiene un zapato con taco. Sospecho que ella me golpeó y por eso me duele tanto mi hombro. “¿Dónde está?” – alcanzo a oírle en medio de mi somnolencia. Deja el zapato, ofuscada, y se duerme profundamente de nuevo. El reloj me deja sólo tres horas de gracia. Me fuerzo a cerrar los ojos. Aún me molesta el hombro, por lo que fácilmente pasa media hora de silencio puro. Mejor sigo durmiendo.
La veo frente a mí. Quieta, pero molestosa. Me muevo como un felino y agarro el zapato. Me acerco y estiro mi brazo. De pronto, sale volando por la rendija de la ventana, no sin antes dejar una pequeña estela gris en el marco. Me enfurecí y cerré. Miré el reloj. Sólo quedaba una hora para irme a trabajar. Me tiré en la cama con el zapato firme entre mis dedos. Mi mujer se despertó.
“Patricio, querido. Era sólo otra polilla. Mejor descansa que mañana debes trabajar” – y me besó en la espalda.


